martes, 10 de mayo de 2011

La persistencia de Griselda Gambaro, por Silvio Lang

La imaginación terrorista

Griselda Gambaro con La persistencia (2004) lleva hasta sus últimas consecuencias la forma teatral con la que ha intervenido en la dramaturgia argentina: el drama popular. Ahora, este teatro cotidiano del submundo se reactiva con un hecho histórico – “la masacre de Beslan”, (2004), donde mueren 331 personas, en su mayoría niños, en un enfrentamiento entre una organización guerrillera chechena y el Estado de Rusia. Pero las pistas históricas están sustraídas en la obra: la dramaturgia se hace con los desechos de una imaginación terrorista que la violencia del poder ha insuflado en los personajes. La negatividad como posibilidad del animal lingüístico –“no te reconozco”- al volverse alimento del sistema de dominación engendra su propia sombra: el terrorismo.  Y el sentimiento de exclusión es lo más doloroso que hay. Quedar afuera de la fiesta de la mundialización, recorrer el cerco de la exclusión mata. La persistencia transmigra a los públicos preguntas históricas de nuestro tiempo presente: ¿cómo habita la imaginación terrorista en cada uno de nosotros? ¿Qué hacer con la capacidad humana de negar?
Sin embargo, la escritura de Gambaro se las arregla para no caer en la tentación del nihilismo y la violencia del mundo. Pareciera que se preguntara con John Berger: “¿Qué hace a un terrorista mundial y, en el extremo, qué es lo que crea a un mártir suicida?”. Su dramaturgia se ocupa de los gestos que, en la indigencia, nos vuelven humano, demasiado humano. Subvierte la alta tasa mundial de los gestos de la solución final. La escena como esfera pública deriva en una estrategia lingüística y afectiva: la negación de la negación.
La posición subjetiva de nuestra puesta en escena es una escucha infinita de las manifestaciones textuales de Gambaro traducidas en usos escénicos. Por ejemplo, el errar “entre las sombras” del personaje El Silencioso que contornea, observa y testimonia la interioridad de la escena desde una intensidad menor se convierte en una regla de producción primordial de esta puesta. Una apuesta actoral, visual y sonora que se asuma en su desvanecimiento, en la parquedad de la materia, en la discreción de sus mutaciones, en la condensación de sus formas. El Silencioso como personaje residual que va “cosiendo” la escena es nudo y sostén de nuestro abordaje. Hacer pasar la propia desazón y la violencia infusa del mundo con una lógica de la compasión que haga vivir el cuerpo de los otros en el propio. 

Interioridad de la imagen

El terreno de este drama popular es la vida sentimental de las palabras que descubren, en los cuerpos, espacios de silencio y desahogos. Resonancia, morada de la acústica de la palabra de los desechos humanos de la ideología de consumo, tanto en su capacidad de negar como de reconocer al otro. Una escena suprasensible que rotura el sentir de los cuerpos de los terroristas futuros como desheredados del mundo. Sobre el telón de fondo del odio se contrastan los gestos que nos reviven cuando nos hemos muerto un poco. El arte pictórico de Caravaggio es el aliento vital, trazo y color, que anima estas imágenes del submundo. La luz hace aparecer el lugar del sentimiento como una hinchazón: un diapasón donde el espacio se siente y el sentimiento se ensancha. Lentitud, suavidad, fragilidad, dulzura, atenuaciones, pero también descuidos, exasperaciones e incordios realizan una tectónica escénica donde los gestos ocupan todo el espacio disponible. La visualidad de la puesta y su dinámica se espesa, se intensifica cual retablo abarrotado donde se coexiste codo a codo como en los suburbios del mundo.  “Son escenas creadas en el fervor del momento, en el cual la gente se representa a sí misma, empujada hasta el límite” (Berger). Es el proscenio de los desesperados. “La desesperación a la que me refiero aflige a aquellos que sufren condiciones tales que los obligan a ser inflexibles. Décadas de vivir en un campo de refugiados, por ejemplo. ¿En qué consiste tal desesperación? En el que el sentido de tu vida o las vidas de la gente cercana a vos no cuentan para nada” (Berger).

La espacialidad del desarraigo

El espacio que Gambaro y esta puesta en escena eligen para testimoniar el sufrimiento de los desheredados del mundo es la choza. El desarraigo forzado o elegido aun sigue siendo una de las experiencias más traumáticas de nuestro tiempo: nunca antes ha habido tanta gente emigrada o desplazada. El sentido del hogar como el lugar desde el cual se podía fundar el mundo ha desaparecido para nosotros. La función primera de habitar -del acogimiento y la hospitalidad- ha sido eclipsada por los campos de exterminio, la velocidad tiránica del “imperio del cálculo” y la sustitución de la afectividad del cuerpo por la virtualidad de la codificación y digitalización de nuestras vidas.    
Por eso, la choza como lugar provisorio que, sin embargo, da cobijo. La argamasa que mantiene en pie este “hogar” improvisado es la memoria, algunos objetos más o menos insignificantes y una serie de prácticas elegidas y transitorias que van torneando a cada personaje. La solidaridad y el amor son erráticos pero ansiadas esperanzas entre los dientes. El aspecto primitivo de la choza es efecto de esta interioridad de los desarraigados. Un arcón; dos bancos largos; unos zurrones de cuero que cuelgan de las paredes donde se guardan escasos víveres; algunos enseres  -una jarra con agua, un cuenco y escudillas-;  una olla de hierro sostenida por un trípode sobre el fuego en el piso de tierra; un carro de mano y leña para el fuego, producen el emplazamiento de los desplazados, que al girar en círculos, conservan su identidad e improvisan un lugar donde cobijarse. El hogar es tan solo el nombre de cada uno, cuando para la mayoría de las personas no se tiene ni si quiera un nombre.
Esa identidad negada se cubre y descubre desde capotes y embozos oscuros. Ropajes arrancados de los basurales de las ciudades del mundo. Para lo que trascienden su desesperación inmolando su vida, la muerte es como un cambio de ropa.  Se oyen ráfagas y ruidos que produce el viento. Suenan como voces diseminadas en la noche transfigurada del mundo. Parece el acompasamiento de un cortejo fúnebre. Sí, quizá, los muertos circundan a los vivos y trabajan su imaginación futura.

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